Los artífices vascos en el Perú
Virreinal*
(Basques in Viceroyal Peru)
Harth-Terré,
Emilio
El arquitecto de Lima, Harth-Terré, se fija en la
participación de capataces, arquitectos, carpinteros, canteros, albañiles,
escultores, pintores y doradores vascos en la edificación de no pocas iglesias
en Perú, y más en particular en la construcción de la catedral de Lima. Ofrece
una lista con sus nombres, los lugares en que trabajaron y fechas de los siglos
XVI, XVII y XVIII.
Langile-buru, arkitekto, zurgin, hargin, igeltsero,
eskultore, pintore eta urreztatzaile euskaldunek Peruko eliza askoren
eraikuntzan izan zuten partaidetzari erreparatu dio Harth-Terré Limako
arkitektoak, bereziki Limako katedralean esku hartu zutenei. Horien
izenak eskaintzen ditu zerrenda batean, XVI, XVII eta XVIII.
mendeetan non eta noiz lan egin zuten zehaztuz.
L’architecte Harth-Terré, de Lima, souligne le rôle qu’ont
joué les maîtres d’oeuvres, architectes, charpentiers, tailleurs de pierres,
maçons, sculpteurs, peintres, doreurs basques dans l’édification de nombreuses
églises au Pérou, en particulier dans l’édification de la cathédrale de Lima.
Il donne une liste de ceux-ci, avec leurs noms, les villes où ils ont travaillé
et les dates et ce, pour les XVI e, XVII e et XVIII e siècles.
* Archives Manuel de Ynchausti. Ustaritz
VIIème Congrès d’Etudes Basques = Eusko Ikaskuntzaren VII.
Kongresua = VII Congreso de Estudios Vascos (7. 1948. Biarritz). – Donostia :
Eusko
Ikaskuntza, 2003. – P. 451-454. – ISBN: 84-8419-931-2.
Es mi deseo ahondar las investigaciones paleográficas para
precisar bien la oriundez de los artífices españoles que vinieron a América y en
especial a Nueva Castilla, descubriendo de qué provincia partieron para
alcanzar estas tierras americanas, tanto porque el carácter español, tan
unitario y universal en lo que se refiere a la idea cuanto particular y
singular en su modo y costumbres en lo que distingue a cada una de las regiones
de la península. Añadiendo que cada uno trajo imperante estilo y técnicas de
construcción que nos permitan un más claro y mejor análisis en nuestra Historia
del Arte.
Si fueron castellanos o leoneses, andaluces o gallegos, catalanes
o vascos, cada cual puso un sello propio en su obra allí donde se juntaran, o
aisladamente en medio de las comunidades que se formaban en las nuevas
poblaciones de Indias, que por lo común, cada región de los nuevos mundos atraía
y juntaba a los inmigrantes muchas veces en razón de la afinidad de su clima, o
por la ciega simpatía inspirada por el nombre que el nuevo reino o capitanía
mereciera al fundársele; o simplemente por aquella sugestión que el pariente
ilusionado o audaz, el amigo atrevido y ambicioso o el aventurado compañero de
oficio, hiciera en sus misivas o confiara al viajero de retorno al seno
lugareño.
Las historias de los grandes hombres de letras y de armas que
pasaron a América por orden del Rey y con autoridad de su Corte, son bastante
conocidas y repetidas, y para mérito de España, la de muchos de ellos, por
cierto. Pero, hay igualmente una cohorte de gentes, que, anónimas en la Historia,
vinieron aquí para solar los descubrimientos, la conquista y la nueva cultura.
Son estos, hombres de pueblo, trabajadores de oficio manual, que con sus
trabajos coadyuvaron grandemente a la obra. Sin ellos, mal hubiera podido
realizarse la gran tarea de las ciudades y de la arquitectura. Y ellos fueron
también los que —previas informaciones de limpieza de sangre, es decir, sujetos
de buena religión y virtudes familiares para poder pasar a América— la
mestizaron benditamente con la del indio americano, materializando así la igualdad
cristiana predicada por algunos de sus vicarios; que no fue esto en mera
satisfacción de corporal necesidad.
Nos proponemos en este brevísimo ensayo, recordar a los
habitantes de una ubérrima región de la península: me refiero a los vascos.
Muchos historiadores han investigado ya el caudal de sangre y energía eúskara
que pasó a América.
Por mi parte creo igualmente indispensable señalar,
aprovechando el fruto de mis investigaciones sobre artífices y artesanos de la
época del Virreinato, quiénes fueron de esta nación y quiénes sus
descendientes, que trabajaron la arquitectura en el Perú.
Tarea que reclama tiempo, paciencia y acuciosidad; labor que
no se puede sino esbozar en este trabajo. Para rematarla debidamente será
indispensable continuar con la prolija búsqueda de documentos de esa época,
labor que está en marcha pero aún lejos de ser coronada de éxito. Y viértese
este mi trabajo hacia los artesanos, hacia aquellos anónimos individuos que labraron
de sus manos iglesias y edificios o las amaestraron con sus conocimientos y
experiencias. Pongo en el revivir de su recuerdo, especial cariño; el que
proviene de la amorosa comprensión de su minucia e insignificancia personal que
no de la transcendencia de su obra, que lo es tanta —si usando de alegoría
relacionada con su obra—, como son aquellas piedras berroqueñas del cimiento,
que sin su firmeza y robustez, oculta en las entrañas de la tierra, no podrían
lucirse airosos los pináculos y las cresterías del monumento.
En la primitiva iglesia de San Francisco de Lima, los vascos
tuvieron cofradía advocada a la Purísima Concepción. El sentimiento regional se
acentuaba alrededor del culto a una imagen devota. Por un pleito que la
cofradía de San Antonio de Padua lleva contra su vecina en esa iglesia, que por
razón de algunas obras que hubo de ejecutarse en ella en 1639 por el Maestro
alarife Juan de Jaramillo, por las que los de San Antonio se llamaron a
perjuicio, sabemos que la de Nuestra Sra. de la Purísima, era “capilla de los
cofrades de la Nación Bascongada”, y en la que, igualmente, funcionaba la
hermandad de Nuestra Sra. de Aranzazu.
La presencia de los maestros y artesanos vascos es indiscutida
aunque no tengamos acopio de nombres y cantidad de documentos en la proporción
que estuvieron realmente. Algunos, orgullosamente, posponían a su apellido el
gentilicio, tal como lo hacía el platero Pedro Ortiz “Viscaino”, que era
orfebre de monta por los años de 1658 al 1664. Pero aunque algunos declaran en
documentos notariales o testamentos dónde son oriundos, a otros los denuncia el
apellido aunque no siempre esto indicara su origen vasco, como lo veremos más
adelante con Julián de Yrazabal. Otros no han nacido en las provincias
vascongadas pues han visto la primera luz en ciudades de estos reinos; son
hijos o nietos que hacen perduran el apellido vasco —y en parte, sin duda, los
caracteres de la raza.
Estos descendientes no siempre son blancos, es decir, europeos
puros; lo hemos dicho al principio: mezclaron los españoles su sangre con las
indias y muchas veces también con las esclavas negras emancipadas o con las
mulatas. Y es así como Juan de Iramain y su hermano Miguel, ambos maestros de
albañilería, se declaran mulatos, en 1794; Juan de Erriguirre es negro y alguno
que otro, cuarterón o mestizo.
Pero junto con estos mestizos, que son hoy mayoría y raza del
Perú, actúan los de sangre europea. Son éstos maestros que traen desde España los
conocimientos de su ciencia y de su experiencia ministril. Los otros son
discípulos, aprendices y oficiales, que continuarán con las tradiciones. Juan Miguel
de Veramendi ha venido desde Chuquisaca, a pedido del Cabildo Eclesiástico del
Cuzco, para que construya la Catedral; y la principia en 1559 al lado de una
más modesta, primigenia, de muros de piedra y barro y tejares de mangles, en
donde en 1545, otro vizcaino, Juan Iñigo de Loyola (homónimo del heroico
soldado que años después fundara la compañía de Jesús) pintara unos lienzos
para adorno del altar mayor.
En el siglo XVII es famoso Diego de Aguirre que aporta innovaciones
en la escultura de los retablos y que introduce en su arquitectura, por primera
vez, la columna torsa. El H. Coadjutor Martín de Aispitarte de la Compañía de
Jesús, es arquitecto notable, e interviene con sus consejos en la cobertura de
bóveda de la nueva catedral de Lima; de aquella que iniciara el arquitecto extremeño Francisco Becerra y
continuará desde los primeros años del siglo XVII Juan Martínez de Arrona. Buen
maestro de carpintería es Juan de Balanzategui, español, nacido en Moyobamba y
venido a Lima por 1640; buen pintor es el maestro Domingo Muñoz de Arangurto;
buen dorador es Diego de Chavarría y buen escultor también Juan de Urrutia, a
quien se le encomendó la obra de unas andas para Nuestra Sra. de las Victorias
en la iglesia de San Agustín y cuya obra hubo de abandonar en 1675 pues fue
llamado “a la defensa de Panamá”.
Juan de Egoaguirre es alarife de importancia y por lo mismo,
autor de buenas obras en Lima desde 1667 hasta 1721, año en que le sobreviene
la muerte siendo cura párroco de Santa Ana, en cuya iglesia favorece la
formación de una nueva cofradía de maestros de albañilería y carpintería bajo
la advocación de la Santa. Juan Iñigo de Erasso dirige la obra de los Portales
de la Plaza Mayor de esta ciudad, después del daño que sufrieran con el
terremoto de 1687, y es, en los primeros años del siglo XVIII, Maestro Mayor de
las obras de la Catedral de Lima. Francisco de Ibarra construye la Iglesia Mayor
del Callao e inicia las obras de la nueva casa de la Moneda que reconstruirán
más tarde Salvador Villa y Cristóbal de Vargas.
En el siglo XVIII aparecen otros vascos más. Miguel Arregui
que es al autor de la Iglesia de la Sagrada Familia, colateral de la Catedral
del Cuzco. Fr. Mariano de Garaycoechea, como arquitecto de la iglesia
parroquial de Cayma, en 1739, en la que se imprimen los caracteres típicos de
la arquitectura arequipeña; Gaspar Urrunaga que maestró la obra de la Iglesia y
colegio de la Compañía de Jesús en Ica por los años de 1762 a 1767; el maestro
de carpintería Joseph de Garragorri construye la capilla de Nuestra Sra. de la
O en el Templo de San Pedro, que ocupaba entonces la Congregación del Oratorio
de San Felipe Neri, entre 1798 y 1800. A Antonio de Ogartevidea, alarife, le
toca tasar la casa que fuera propiedad de doña Micaelita Villegas, “La Perricholi”.
Hay entalladores y escultores capaces como Francisco de Equizabar y Juan José
de Sarauz; Juan Joseph de Irazabal quien en 1735 trabaja en compañía de Joseph
de Castilla el altar mayor de la Congregación de los Mínimos de San Francisco
de Paula. Julián de Irazabal es su discípulo; a la hora de su pensamiento, será
su albacea y por este motivo Julian de Ventocilla de los Santos Villareal, que
es su verdadero nombre, adoptará desde entonces el nombre de su maestro y
signará sus conciertos como Julián de Irazabal; o fundidores de campanas como
José Urdanegui que funde una para la torre de San Francisco de Lima en 1707 o
Matías Unzuluarte, la que mandó hacer el Padre Buenaventura Gavilán de la Orden
de Franciscanos, para el templo del Cuzco en el año 1808.
Hacia fines del siglo trabaja en Lima un alarife vasco Agustín
de Garria; del 1797 al 1802 dirige las obras de la Catedral de Lima en calidad
de sobrestante, mientras que Matías Maestro, también vizcaino, natural de
Alava, es el arquitecto de los trabajos que se ejecutan en su interior y el remate
de sus mutiladas torres. Matías Maestro ha sido novicio de la Orden Jesuita; ha
venido a Lima, secretamente, después de su expulsión de México; y aquí ha
merecido la protección del Arzobispo de la Reguera. Autor de un tratado (hasta
hoy desconocido) que tituló Orden Sacro,
fue quien propendió con más entusiasmo a la propagación del neoclasicismo
imperante y bajo su dirección fueron renovados muchos vetustos retablos barrocos
en el nuevo estilo. Quedan muchos de los que ejecutó, entre ellos el mayor de
la Iglesia de San Francisco, de las Trinitarias, de la Soledad y en el de Nuestra
Sra. de la O en la Iglesia de San Pedro, influyendo su estilo en el de Nuestra
Sra. de la Merced y varios más. Fue patriota peruano y en el “Expediente de
Purificación de Curas Patriotas”, en 1821, firmó por la Independencia “deseando
entrar en los goces del americanismo” y “prometió a Dios y a la Patria,
sostener y defender su opinión, persona y propiedad de la Independencia del
Perú”...
Están señalados así, a grandes rasgos, algunos de estos artífices
de los cuales hay en mi archivo abundante referencia de su obra que no cabe
desarrollar en este trabajo; de otros sólo tenemos una abreve referencia de su
nombre, estado y oficio en el testimonio de un expediente de soltería seguido ante
el Cabildo eclesiástico o en algún otro menudo documento entre los miles que aún
quedan por revisar y que se guardan en los Archivos Nacionales y Eclesiásticos.
Una relación de ellos —de los hasta hoy encontrados— dará una idea de la
presencia de los vascos en nuestro país y de parte de su obra en la
Arquitectura.
He aquí la relación:
En el siglo XVI
Juan García de Arregui. Maestro de Cantería, en Lima, 1577.
Pedro de Garnica. Mº de Carpintería, en Lima, 1583.
Juan Iñigo de Loyola. Pintor, en el Cuzco, 1545.
Juan Miguel de Veramendi.
Mº de Arquitectura, en Cuzco, 1559.
Domingo de Vitoria. Mº de Albañilería, en Lima, 1575.
Juan Bautista Zumárraga. Mº Cantero, en Lima, 1591.
En el siglo XVII
Diego Aguirre. Entallador, en Lima, 1667-1718.
H, Martín de Aispitarte, S.J. Arquitecto, en Lima, 1614.
Blas de Albarrai. Mº de Albañilería, en Lima, 1672.
Juan de Aramburu. Mº Carpintero, en Lima, 1698.
Juan de Arismendi. Mº Carpintero, en Lima, 1665.
Tomás de Arteaga. Mº Carpintero, en Lima, 1664-1667.
Martín de Arriola. Alarife, en Lima 1637.
Joseph de Arrveta. Mº Carpintero, en Lima, 1657.
Juan de Arrutia y Madriaga. Mº Carpintero, en Lima, 1700.
Juan de Balanzategui. Mº Carpintero, en Lima, 1656.
Diego de Chavarría. Dorador, en Lima, 1634.
Juan de Estara. Mº Albañil, en Lima, 1634.
Jerónimo de Echebarría. Mº Albañil, en Lima, 1670-1677.
Juan de Egoaguirre. Alarife, en Lima, 1667-1721.
Juan de Emagaray, Ensamblador, en Lima, 1693.
Juan Iñigo de Erasso. Alarife y Maestro Mayor, en Lima, 1690-1715.
Luis de Escarzola. Mº Albañil. en Lima, 1659.
Miguel de Garay. Mº Albañil y de Cantería, en Lima, 1643.
Juan García de Garnica. Mº Carpintero, en Lima, 1643.
Martín Gonzales de Arazamendi. Alarife, en Lima, 1629.
Esteban de Ibarra. Mº Albañil, en Lima, 1661.
Francisco de Ibarra. En Lima y Callao, en 1623-1679.
Leandro de Ibarra. Mº Carpintero de lo blanco, en Lima, 1645.
Eusebio de Iramain. Mº Carpintero, en Lima, 1691.
Pedro de Izasaga. Ensamblador, en Lima, 1691.
Domingo Muñoz de Arangurto. Pintor, en Lima, 1649.
Carlos de Estarripa. Fundidor de Campanas, en Lima, 1700.
Ventura de Tiburu. Mº Carpintero, en Lima, 1641.
Joseph de Urrola. Mº Carpintero, en Lima, 1675.
Juan de Urrutia. Mº Carpintero. en Lima, 1675.
En el siglo XVIII
Manuel de Aguirre. Mº. Carpintero, en Lima, 1785.
Manuel Alzugarai. Mº Carpintero, en Lima, 1795.
Joseph de Aramburu. Mº Carpintero, en Lima, 1735.
Joseph de Aramendia. Mº Carpintero, en Lima, 1740.
Ramón de Arrechaga. Medidor de tierras, en Cuzco, 1768.
Manuel de Arregui. Alarife y Maestro Mayor, en Cuzco,
1723-35.
Manuel Joseph de Asturyca. Fundidor de Campanas, en Lima, 1743.
Miguel Domingo Bidaurre. Mº Carpintero, en Lima, 1743.
Pedro de Echeverría y Garay. Alarife, en Arequipa, 1770.
Juan de Echeverría. Dorador, en Lima, 1740.
Joseph Eizaguirre. Entallador, en Lima, 1800.
Francisco de Equizabar. Ensamblador, en Lima, 1747.
Juan de Eriguire. Mº Albañil, en Lima, 1756.
Juan de Esquerre. Mº Carpintero, en Lima, 1701.
Fr. Mariano de Garycoechea. Alarife y Mº Mayor, en Cayma, 1739.
Joseph de Garragorri. Mº Carpintero, en Lima, 1795.
Agustín de Garria. Alarife, en Lima, 1797-1802.
Julian de Ibarola. Mº Platero, en Lima, 1705.
Juan de Iramain. Mº Carpintero, en Lima, 1800.
Miguel de Iramain. Mº Carpintero, en Lima, 1794.
Juan Joseph de Irazabal. Mº Ensamblador, en Lima, 1736.
Esteban de Izasaga. Mº Carpintero, en Lima, 1800.
Pedro de Izasiga. Mº Carpintero, en Lima, 1714.
Matías Munarriz. Mº de Albañilería, en Huamanga, 1768.
Antonio Ogartevidea. Alarife, en Lima, 1810-19.
Bernardo de Salabarría. Mº Albañil, en Lima, 1732.
Juan Joseph de Sarauz. Mº Escultor, en Lima, 1703.
Francisco de Urría. Mº Carpintero, en Lima, 1745.
Matías Unzuluarte. Fundidor de Campanas, en Cuzco, 1805-08.
Joseph Urdanegui. Fundidor de Campanas, en Lima, 1707.
Gaspar de Urrunaga. Mº de Albañilería, en Ica, 1762-67.
Teodoro de Urrutia. Mº Carpintero, en Lima, 1736.
Miguel de Uzurriaga. Carpintero, en Lima, 1747.
Lima, agosto 1948
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